Alina Ruiz: “El monte es una despensa enorme”
Al frente de Anna Restaurante de Campo, en Juan José Castelli, Alina Ruiz es una de las finalistas del Prix Baron B – Édition Cuisine 2026. Su cocina parte de lo que da la tierra, recupera saberes del monte chaqueño y convierte al kilómetro cero en algo mucho más profundo que una tendencia gastronómica
Para Alina Ruiz, el campo nunca fue una elección estética ni un concepto aprendido en una cocina profesional. Fue, simplemente, su forma de crecer.
“De chica viví el campo como vida. Lo entendí de grande, cuando volví a Anna. Vi que lo que teníamos en la finca no era ‘lo de siempre’, era nuestro diferencial”, cuenta.
Hoy ese universo es la esencia de Anna Restaurante de Campo, el proyecto que lidera en Finca Don Miguel, en Juan José Castelli, Chaco, a las puertas de El Impenetrable. Una propuesta de cocina de paisaje que trabaja con productos de la propia finca, recetas, memorias y saberes locales, y que este año fue seleccionada entre los proyectos finalistas del Prix Baron B – Édition Cuisine 2026.
En Anna, la lógica es simple y al mismo tiempo radical: primero está la tierra y después el plato.
“Siempre primero el producto. Salgo a la huerta, veo qué hay maduro, qué dio el monte, qué hay en el corral. Con eso armo el menú. El plato nace de lo que da la tierra esa semana. Kilómetro cero real”, explica.
El algarrobo, el mistol, el chañar, la miel del monte y el cabrito forman parte de esa despensa chaqueña, pero Ruiz asegura que todavía queda muchísimo por explorar. Menciona el sachapera, las hojas silvestres y algunos hongos como parte de un universo de productos que todavía tienen mucho recorrido por delante.
“El monte es una despensa enorme”, resume.

UNA COCINA QUE TAMBIÉN BUSCA QUE EL CHAQUEÑO MIRE SU PROPIO TERRITORIO
El vínculo con quienes llegan a Anna también fue cambiando con los años. Alina recuerda que en un comienzo gran parte de su público era extranjero y que uno de los grandes desafíos fue acercar esa cocina a los propios habitantes de la provincia.
“Nos faltaba llegar a los nuestros, al chaqueño, para que entendiera su propio territorio. Hoy vienen de todo el país y viajeros gastronómicos que hacen kilómetros para llegar a El Impenetrable. Cambió un montón. Hoy el local también nos elige y eso es muy importante para nosotros”.
En la cocina de Ruiz, la técnica está siempre al servicio del paisaje.
“La técnica es solo una herramienta. Nunca tapa el producto. La uso para resaltar el sabor chaqueño, no para disfrazarlo. Que se siga sintiendo el monte, el humo, la tierra, nuestra gente y su trabajo”.
EL PRIX BARON B Y UN PLATO QUE CUENTA SU HISTORIA
Llegar a la final del Prix Baron B tiene para Alina un significado que trasciende lo personal y pone también en escena una forma de cocinar que nace lejos de los grandes centros gastronómicos.
“Significa que una cocina de campo, a las puertas de El Impenetrable, puede estar a la altura nacional. Y sí, visibiliza a nuestros productores, a las recolectoras y a todos los saberes que sostienen Anna. No es solo mío. Significa agradecimiento a los que nos permitieron llegar”.
Para la competencia eligió trabajar con cabrito y chanfaina, dos elementos profundamente ligados a su historia y a la cocina cotidiana de su región.
“Es Anna en un plato. El cabrito es de nuestra producción. La chanfaina es memoria: es cocina de campo, de aprovechamiento. Quise contar Chaco, origen e identidad con algo que comemos en casa. El cabrito – o chivito, como le decimos aquí – es un animal muy noble”.
La elección resume buena parte de su mirada: producto propio, identidad, memoria y una cocina donde el aprovechamiento no aparece como una tendencia sino como una práctica que forma parte de la vida cotidiana.

LAS MUJERES, EL MONTE Y LOS SABERES COMPARTIDOS
En ese recorrido, las mujeres ocupan un lugar fundamental. Alina reconoce que el trabajo compartido con cocineras, productoras y recolectoras reafirmó muchas de las enseñanzas que había recibido en su propia casa.
“Aprendí respeto por el tiempo del monte y por el saber de las mujeres. Reafirmaron mi cuna, le dieron fuerza a lo que se me marcaba en casa. Me hicieron ver que juntas somos gran equipo y nos fortalecemos en el tiempo compartido”.
Esa transmisión de conocimientos es también parte de la identidad de Anna: una cocina que no se piensa solamente desde quien está frente a los fuegos, sino como el resultado de un entramado de personas, productos y saberes que existen antes de que el plato llegue a la mesa.
Consultada por la gastronomía platense, Ruiz reconoce que todavía no tuvo un vínculo directo con sus productores y cocineros, aunque hay una parte del territorio que conoce y admira particularmente.
“Conozco de nombre y admiro mucho. Ese cordón frutihortícola y el alcaucil platense son un lujo. No tuve vínculo directo aún, pero me encantaría cruzarme con productores y cocineros. Hay mucho para charlar entre regiones productivas”.
La frase abre una conexión interesante entre dos territorios aparentemente lejanos pero unidos por una misma idea: una gastronomía que comienza antes de llegar a la cocina, en la tierra, en quienes producen y en los alimentos que identifican a cada región.
Y cuando la charla sale de Anna, del Prix Baron B y del monte, aparece una última postal de su cocina cotidiana.
¿Qué no puede faltar nunca en la heladera de su casa?
“Miel de la finca, huevos de gallinas, limón del patio y algo fermentado: chucrut o ají. ¡Quesos! Y molienda de algarroba, que usamos para todo”.
También allí, como en Anna, el territorio vuelve a estar presente.
Instagram: @alinaruizcocina
